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Apoteósico es el final de ese libro que te deja alucinada o esa canción que te pone la piel de gallina. La piel es la que lo hace divertido. Le contesté en italiano (que no hablo pero chapurreo) al notar su tremendo acento y se lanzó con un monólogo, rápido y brutal, del que no entendí ni una palabra. Después de una ducha rápida, salí vestida pero con cara de sueño, y me topé con él con la mochila colgando del hombro y a los pies mi bolso de playa lleno. Suelta el bolso y mírame. —Sí, sí. —Bajé la mirada y alcancé el móvil que me tendía —. —Su sonrisa resplandeció. —¿ No es una pena porque veo que estás bien y que…, ya sabes, vosotros… —Ya, sí. Pero no. Apareció en un taxi bien mundano y que olía a cacahuetes, que nos llevó a la estación de tren, desde donde partimos con destino a Florencia.

9 years ago

Al día siguiente, después de una reunión de trabajo, me llevó a Florencia a comer. Apareció con el pelo recogido en un turbante, una bata a conjunto y las zapatillas forradas con la misma seda, resplandeciente y con una sonrisa, y me susurró: «Bienvenida al día más feliz de tu vida». La pobre luz de aquel momento del día entraba por los grandes ventanales de la planta baja, donde estaba mi habitación. Me mandó un mensaje avisándome de que me recogería en coche en la puerta del hotel a las once y yo… puse mala cara; me pareció que estaba intentando impresionarme con un despliegue de lujo. Así que tuve que pedirle al chófer de la empresa que me llevara a ver a mi hermana porque vivía en el quinto coño y yo no tenía coche. Creí que aquel chico tan guapo solo estaba buscando a alguien con quien charlar en un evento aburrido.

Por aquel entonces yo no tenía pareja como tal, pero «quedaba» con un chico que conocí años atrás en el máster. —Mira, como su madre. —Tu madre me ha dicho que —y cómo me gustaba ese acento que los años en España no habían conseguido limar por completo— no dormirás en casa hoy. Trabajaba en la embajada de Italia en España. Y él dijo que sí. Lo que sí sé es que yo esperaba que ella dijese otra cosa. Nunca concretaron fecha. Ella ahora estaba casada con un piloto, amigo suyo de la infancia, con el que tenía una niña… de la que Filippo era padrino. Y yo la quería a ella. Ya has comprado el arcoíris calcetines el invierno pasado y quería comprar enchufes para el verano. Hasta en eso era perfecto: mantenía una bonita amistad con todas las mujeres que habían pasado por su vida. En mi cabeza, tendente a convertir una pena en el holocausto final, trataba de asumir que pronto David ya no estaría en mi vida.

David se movía como quien pierde la esperanza de parar el tiempo. —se interesó David mientras abría su bolsa y sacaba un bañador. —Se nos está yendo la olla —susurró. —Con rabia. Rabia. Los dos nos mirábamos con rabia porque el amor es precioso, pero no siempre llega como queremos ni cuando toca. Fue, para mí, un flechazo, como dicen los cuentos que nacen las historias de amor. Follábamos. Su mirada me traspasó el cráneo como un disparo. —Le lancé una mirada lasciva pero disimulada mientras le acariciaba el pecho. Creo que necesito ayuda —le dije. Apreté un poco su palma cuando me di cuenta de que, de alguna manera, aquella era la primera de muchas fiestas en las que tendría que fingir que me apetecía estar. Le importó muy poco que hubiéramos terminado relativamente tarde la cena preboda y que luego tardara una hora en meterme en la cama por culpa de su secuestro.

Lady Miau me trajo el desayuno a la cama. Y de eso ya había tenido con un par de Borjamaris y Pocholos que me habían pretendido, alentados por Lady Miau. —David me arrancó las flores de las manos, chandal españa mundial las dejó en el mostrador y cogió un par de ramitas de varios cubos que rebosaban género. No puedes vivir sin flores. Nos dimos una ducha larga… por separado. Me hizo probar de todo: vino, quesos, fiambre, un bocadillo de mortadela trufada, una sopa que estaba increíble y unos crostini. Le pedí que me recomendara algo típico y… se volvió loco. Fue increíble, ingenuo, mágico y un poco loco. Así que además de dormir poco y mal, tenía la espalda entumecida y me daba la sensación de moverme con la elegancia de un pollo asado rodando sin cabeza con un palo insertado en el recto. Solté poco a poco el aire que había ido conteniendo conforme Candela iba hablando, me agarré al volante y para mi soberana sorpresa… me eché a llorar.